Llevaba tiempo sin afeitarme y tenía unas buenas barbas. Esa noche iba a asistir a un concierto de Los Idiotas y pensé que quedaría bien un bigotón en plan Motörhead.
La tontería me duró menos de 24 horas. Estas fotos son el único testimonio.
ACCIÓN. Bruce Willis vuelve a dar vida al detective McClane.
Mucho ha llovido desde que en 1988 se inició esta saga con el absoluto protagonismo de Bruce Willis. Aquel joven policía ansioso por pasar las navidades con su esposa se ha ido endureciendo a la misma velocidad que su protagonista se va quedando sin pelo. Estamos en plena era digital y el dinosaurio -así lo denomina el villano de turno- McClane sigue dando juego, manteniendo una envidiable fuerza y aspecto físico a prueba de un sinfín de calamidades capaces de destruir, en el minuto quince, al más fornido de los hombres de este planeta.
Estamos, una vez más, ante una exageración absoluta, un disparate argumental lleno de destrucción y disparos, con esos momentos de extrema complicación creados por laboratorio a los que se ven obligados los guionistas para intentar superar al héroe de acción anterior. Véase el derribo del helicóptero en el túnel o la intervención del avión de combate contra el camión. Pero ello forma parte de una historia que plantea el caos total, derivado de un masivo ataque informático tan incomprensible como imposible, es decir, la ficción como instrumento evasivo sin intención de convicción: ciencia ficción policial contemporánea.
A Leo Wiseman hay que agradecerle que su planteamiento de la acción sea comprensible e identificable en imágenes, algo que últimamente se hecha de menos. El ritmo y continua complicación de la misión garantizan un entretenimiento sin pausa de la mano de un tipo duro capaz de decir: «Dime lo que quiero saber o te inflo a hostias en tu propia casa». ¿A quién no le gustaría soltar algo así? Y con éxito.

Estamos, una vez más, ante una exageración absoluta, un disparate argumental lleno de destrucción y disparos, con esos momentos de extrema complicación creados por laboratorio a los que se ven obligados los guionistas para intentar superar al héroe de acción anterior. Véase el derribo del helicóptero en el túnel o la intervención del avión de combate contra el camión. Pero ello forma parte de una historia que plantea el caos total, derivado de un masivo ataque informático tan incomprensible como imposible, es decir, la ficción como instrumento evasivo sin intención de convicción: ciencia ficción policial contemporánea.
A Leo Wiseman hay que agradecerle que su planteamiento de la acción sea comprensible e identificable en imágenes, algo que últimamente se hecha de menos. El ritmo y continua complicación de la misión garantizan un entretenimiento sin pausa de la mano de un tipo duro capaz de decir: «Dime lo que quiero saber o te inflo a hostias en tu propia casa». ¿A quién no le gustaría soltar algo así? Y con éxito.

Pues eso...
















































